STRIPTEASE LITERARIO DE MIGUEL ÁNGEL GONZALO

Todo, todo, todo está en los libros

Por Miguel Ángel Gonzalo

Cuando todo comenzó y éramos todavía jóvenes mis adoradas “Vainica Doble” (¿alguien las recuerda?) cantaban aquello de “todo, todo está en los libros”.

Y así empezó mi viaje literario. Me crié en Carabanchel, como Manolito Gafotas, y eso marca un carácter que te lleva a ser el Atleti por tradición y vocación y aprender que ganar siempre y todos los fines de semana es de horteras.

La literatura es un espacio esquinado, a veces torcido y a veces infinito, que te lleva lejos de tu barrio o te devuelve a aquella plaza de Carabanchel con los amigos a los que de mayor ya nunca vi; como aquellos libros que se quedan en una estantería o en una caja de cartón al hacer una de las múltiples mudanzas vitales que hacemos los humanos. Mudanzas de piel o mudanzas del corazón.

Aquellos libros de la infancia son los que te despiertan el ansia lectora y son los que te llevan más allá de las paredes de la habitación con invitaciones a aventuras fantásticas, te enseñan que el mundo es más amplio que lo que uno piensa y que las posibilidades están todavía abiertas. De aquella infancia recuerdo los libros de “Los cinco” de la entrañable Enid Blyton que me hizo buscar durante años la maldita “cerveza de jengibre”.

Rápidamente accedí a la gran literatura de aventuras, mucho antes de que Indiana Jones o Han Solo llenaran el imaginario de acción. Cómo recuerdo aquel comienzo mítico del “Moby Dick” de Melville, con el “Pueden ustedes llamarme Ismael…” que da comienzo a una novela que contiene todas las alegorías posibles. También fui lector voraz de Julio Verne y recorrí los mares del sur en busca de La isla del tesoro con R.L. Stevenson, antes de caer con Defoe en la isla donde encontrar lo más feroz y lo más íntimo del ser humano: la superveniencia de Robinson Crusoe. En la adolescencia transité, acompañando a Kipling, los territorios de la India con Kim; a través de Salgari conocí a los piratas de Sandokan; me emocionó el romanticismo sin esperanza de El último Mohicano tan excelentemente descrito por Fenimore Cooper y, por supuesto, está el imprescindible Mark Twain para reivindicar el humor de aquel Yanqui en la corte del rey Arturo y la primera rebeldía con Tom Sawyer. Evidentemente yo no era de los que prefería ver la peli en lugar de leer el libro y no cambiaría por nada aquellas largas tardes de verano antes de salir recreando esos escenarios.

Otro acontecimiento clave en mi aprendizaje literario fue una colección de literatura de quiosco que mi padre fue comprando en su momento, se llamaba Biblioteca Básica Salvat. Quizás aquello tenía un aire cutre, la encuadernación era un horror, el papel de malísima calidad, pero en mi casa, donde no abundaba el dinero, fue la primera biblioteca que se formó. En esa colección está lecturas fundamentales para mí como el Hamlet de Shakespeare, 1984 de Georges Orwell, La Busca, de Baroja, Fernández Santos, Pirandello, Delibes, Gómez de la Serna, y tantos que no tienen cabida en este post por brevedad. A aquella biblioteca acudí a lo largo de aquellos años con la emoción del descubrimiento de un autor, de un género, de una idea.

En el bachillerato llegó otro libro fundamental en mi viaje literario como fue “Rayuela” del gran Julio Cortázar que leí mano a mano con el luego gran escritor Eloy Tizón, compañero de pupitre en aquel tiempo. En Rayuela está el juego, el erotismo, el jazz, París y Buenos Aires, la izquierda, el amor y casi todo lo importante.

A través de Cortázar llegué a los autores del Boom latinoamericano. Siento profunda envidia de todos aquellos que pueden acercarse a “Cien años de Soledad” de García Márquez por primera vez y con los ojos nuevos. Hay novelas como esa donde cada página es un descubrimiento mágico y una sorpresa. De García Márquez a “Conversación en la Catedral” de Vargas Llosa, al que vuelvo una y otra vez por su manera precisa, meticulosa y técnicamente perfecta de escribir. Me sumergí en los abismos depresivos de Juan Carlos Onetti con Astillero o Juntacadáveres y, para recuperarme, recorrí de la mano del argentino Mújica Laínez los fastuosos jardines de Bomarzo. Me adentré en las novelas de dictadores con “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias para recalar, por fin, en “la región más transparente” de Carlos Fuentes. Envié cartas de amor con extractos de “Piedra de sol” de Octavio Paz. ¿Quién no ha probado alguna vez el poder de seducción de las palabras?

“amar es combatir, si dos se besan

el mundo cambia, encarnan los deseos,

el pensamiento encarna, brotan alas

en las espaldas del esclavo, el mundo

es real y tangible, el vino es vino,

el pan vuelve a saber, el agua es agua,

amar es combatir, es abrir puertas,

dejar de ser fantasma con un número

a perpetua cadena condenado

por un amo sin rostro”

Octavio Paz, Piedra de sol

En la carrera de Filología llegó el encuentro definitivo con los clásicos. Había, e imagino que sigue habiendo, excelentes profesores en la Universidad Complutense, pero guardo un reconocimiento eterno a maestros como López Estrada que me introdujo en los laberintos de la literatura medieval. La épica del Poema de Mío Cid, que nos lleva a las plazas de Castilla, a los relatos orales que se van recogiendo hasta formar el texto que ahora conocemos; el ambiguo juego hedonista del Libro de Buen Amor; esa estructura de cajas que se acoplan como es El Conde Lucanor. Supongo que hay algo que no hacemos bien en nuestro sistema educativo cuando, al preguntar a la mayoría de los lectores jóvenes por estos 3 textos magistrales, lo que se obtenga sea una perfecta indiferencia. Agustín García Calvo, ese tipo inverosímil y maravilloso, nos hizo ver a los clásicos latinos de una manera insospechada. Hay que volver a leer el erotismo de Catulo o al acercamiento a eso que hasta ahora llamamos realidad que hacía Lucrecio.

Lesbia mía, vivamos, nos amemos,

y el gruñir de los serios personajes

en total nos importe dos ochavos.

Soles pueden ponerse, y vuelven soles:

al ponérsenos esta lucecita,

una noche a dormir nos queda eterna”.

Catulo

Con Antonio Prieto disfruté de una emoción, difícil de entender, como fue tocar con las manos una de las famosas ediciones de Aldo Manuzio del Cancionero de Petrarca, así como preciosas ediciones de Garcilaso de la Vega, autor de alguno de los sonetos más bellos de la lírica española.

“Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero”

Soneto V, Garcilaso de la Vega

Aquellas ediciones aldinas me llevaron hacia el libro como algo más que el soporte para la literatura, sino como un objeto que los trasciende con vida propia. Aquí sólo cabe recordar a mi mentor y maestro, Don José Simón Díaz, que me mostró, con ese humor que nunca le abandonó, el insospechado atractivo de bibliografías y bibliotecas. Junto con Jaume Moll, Gloria Rokisky y más gente estupenda acabé transitando por esta profesión.

No se puede obviar en este recorrido literario a la obra que contiene toda la literatura en su interior, El Quijote. En este libro descubro todos los temas posibles: el amor, la política (¿qué es el episodio de la Ínsula Barataria sino un tratado sobre el buen gobierno?), el fracaso, la justicia social, etc. Con El Quijote, además, descubrí mi pasión por el estilo y la escritura definida. Con otro maestro para mí, como fue don Fernando Lázaro Carreter, me asomé a la teoría literaria y a la crítica para comenzar a intuir que la respuesta a la pregunta sobre “¿Qué es la literatura”? admite muchas miradas a las que incorporo la mía.

En este striptease no podía faltar una pasión oculta. La mía es la novela negra, de que la soy lector compulsivo desde hace muchos años. No caben todas, sólo citar a la mítica cosecha Roja de Dashiel Hammet; por supuesto El largo adiós de Chandler y el tipo duro pero con corazón tierno que es Philip Marlowe. De este libro tomé prestado el título para mi blog así como la afición al Gimlet para acompañar despedidas y encuentros; El caso Galton de Ross MacDonald, y su detective Lew Archer, cuya originalidad no era la fuerza para resolver los casos sino descubrir que las tramas de hoy son las tramas que arrancan en pasados e historias no resueltas; Aguila de Montaña de Robert b. Parker, cuyo detective Spencer, aparte de heredero de todos los anteriores, es mi favorito.

Posteriormente, descubrí la novela negra de protagonismo femenino que es excelente. Mis favoritas son Valor Seguro de Sara Paretsky, por la creación poderosa de V.I. Varsavsky; A de Adulterio, de Sue Grafton, con  Kinsey Millhone desmitificando a los detectives duros, pero demostrando ser más correosa que muchos de ellos, y Post Mortem de Patricia Cornwell por inventarse a la forense Kay Scarpetta mucho antes de todos los CSI posibles.

Esto comienza a alargarse demasiado y como una de mis máximas es que nunca acabaré un libro que no me guste, voy a abreviar para evitar que si habéis conseguido llegar hasta aquí en la lectura no hagáis un rápido clic para cerrar la página. Pero no quiero acabar sin citar a algunos autores de nuestro país que aprecio y estimo. Toda la novela moderna española nace, en mi opinión, de La Regenta,  de Clarín, al que hay que volver una y otra vez. Hace años me fascinó Volverás a Región, de un autor quizás injustamente tratado como difícil como es Juan Benet. La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre y El Público de García Lorca serían mis imposibles selecciones si hubiera que quedarse con 2 muestras de la Generación del 27. Todas las almas es mi favorita de un autor imprescindible como Javier Marías. Soldados de Salamina de Javier Cercas o Tocarnos la cara  de Belén Gopegui tienen para mí significados especiales entre autores más contemporáneos; pero también están entre mis favoritas “El invierno en Lisboa” de Muñoz Molina; “La verdad sobre el caso Savolta” de Eduardo Mendoza (y prácticamente todo lo que escriba); Los alegres muchachos de Atzavara de Manuel Vázquez Montalbán; La lluvia amarilla de Julio Llamazares (estremecedora la versión teatral de Emilio del Valle con el gran Chema de Miguel); Los aires difíciles (ay, mi amada Cádiz!) de Almudena Grandes y tantos y tantos que quedan fuera de las posibilidades de este texto pero que están en mi corazón.

Lean, por favor, lean y después vivan de lo leído, de lo amado, de lo devorado.

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@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

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