STRIPTEASE LITERARIO DE ALEJANDRO NEYRA

Por Alejandro Neyra

Uno de los primeros recuerdos que tengo de niño, de más o menos 5 o 6 años, es esperar ansiosamente la llegada de mi padre, que indefectiblemente volvía a casa del trabajo, de lunes a viernes,  entre las 6 y 7 de la noche y traía entre manos un “chiste” (comic o tebeo). Mis preferidos eran aquellos de aventuras: Fantomas la Amenaza Elegante,  Tamakún,  Killing, Conan el Bárbaro, etc. De vez en cuando llegaba alguna “Joyas de la Mitología”, “Historias de misterio de Boris Karloff” o “La dimensión desconocida”, verdaderas maravillas que destrozaban mi precaria y naciente imaginación.

Al mismo tiempo, recuerdo que por las tardes, antes de llegar al momento de espera por mi padre, mataba el tiempo entre mis tareas pre-escolares y la televisión. No había mucha oferta en la pantalla, pero sí recuerdo que vi durante todos mis años de escuela, repetidas ad infinito, películas de terror – las brillantes películas de Drácula, Frankenstein, La momia, El hombre lobo y otras por el estilo, filmadas por la histórica Hammer británica con Christopher Lee y Peter Cushing-. Veía también capítulos de “La dimensión desconocida”  y mis primeros relatos, escritos durante aquel tiempo idílico de la infancia, fueron versiones propias de aquellas historias fantásticas que veía en la tele y se convertían en curiosas adaptaciones personales.

Lo curioso de todo es que aquel idílico tiempo de la infancia se desarrollaba sobre todo en la estrechez de mi casa y entre los muros de los colegios. Corrían los peores años de la historia del Perú, en el que se sucedían atentados terroristas, sufríamos escasez de agua y cortes de luz, y no había cabida para los productos extranjeros. Cuando uno es niño no se percata mucho de lo que pasa alrededor, de lo que es normal o no. Pero quedaba siempre la duda si aquella situación era la normal: se estudiaba a la luz de las velas, había “toque de queda”  y se vivía siempre escuchando la radio para saber en qué momento podía ocurrir un atentado terrorista y escuchar la voz de algún conocido o familiar que aseguraba a su familia que todo estaba bien.

La lectura y el amor por los libros, así, no fue (casi) una elección. En casa, mis hermanas mayores estaban ya en la universidad cuando yo empecé a ir al colegio, de modo que las veía siempre leyendo algo y estudiando para sus exámenes, solas o con amigos. El hijo menor quería imitar en todo a la “gente grande”. Pronto los comics fueron reemplazados por libros “de verdad” y así el niño que era un lector precoz se convirtió en un adolescente y en un joven escritor precoz. La fantasía, además, era la mejor forma de estar seguro en casa, viajando a países a los que no se podía llegar, en donde la gente era más blanca, y disfrutando de un mundo que en aquellas épocas – no cabía duda – era mejor en tinta y papel que en la dureza de la calle.

Los primeros libros fueron los clásicos de aventura y ciencia ficción de Julio Verne y Emilio Salgari, pero poco a poco las lecturas se fueron volviendo más complejas: Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, aunque recuerdo haberme sentido impotente, a los 9 años, por no poder avanzar en la  lectura de esa maravilla que es “Cien Años de Soledad”. Luego llegaron los peruanos Valdelomar y Vallejo, Julio Ramón Ribeyro y Bryce y las lecturas de los clásicos griegos, latinos y españoles, obligado por mis excelentes y exigentes profesores de literatura. Al cabo de pocos años llegaron Cortázar, Rulfo y Borges, el más grande de todos, el que me descubrió que la palabra puede ser verdaderamente mágica.

Y de grande, ya en la universidad, gracias a mis compañeros de andanzas literarias, llegaron Georges Perec, Marcel Schwob, Boris Vian y los maestros de Oulipo, la literatura experimental, la vanguardia y el surrealismo, los dislates de Kurt Vonnegut, Franzen y Chabon. Y también el cine y los viajes, el amor y la decepción, el trabajo y el pelo cano. Y ese camino aun inconcluso, que nadie sabe dónde termina, pero que es más leve siempre, siempre, con un libro en manos. Y que es aún mejor sentado frente a un ordenador, escribiendo e inventando alguna historia que quizás alguien, alguna vez, quiera leer y lea queriendo.

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@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

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