STRIPTEASE LITERARIO DE YOLANDA ROMÁN

Los amores que me leyeron, los libros que amé

Por Yolanda Román 

Empecé haciéndolo sola, experimentando por mi cuenta. Era una niña seria y obediente y leía con serenidad. Mis padres estaban orgullosos de mí y, como nada hacía presagiar un futuro sicalíptico y voraz, me surtieron de lecturas apropiadas y se despreocuparon de mí.

De aquellos primeros años recuerdo Heidi, de Joana Spirit, que leí seis o siete veces con serena compulsión, pues desde el principio me  busqué en los libros. Me gustaba llorar, diligentemente, cuando la tía Brígida volvía para llevarse a la niña, separándola del abuelo. Heidi y Clara me parecían de una insustancialidad frustrante, pero me descubrí los sentimientos más puros en el abuelo, un hombre tosco y austero al que yo quería querer. Ese primer enamoramiento literario se revelaría premonitorio con el tiempo, pero como entonces nadie llevaba a los niños al psicólogo, no se me diagnosticó ningún trastorno precoz grave.

También recuerdo Mujercitas, de Louisa May Alcott, novela que me generó una secreta crisis de identidad y las primeras cavilaciones feministas, pues no conseguía decidir si prefería parecerme a Meg o a Jo, cuando el cuerpo me pedía, rabiosamente, ser el indolente joven Laurie. Afortunadamente, la teoría queer no era popular en aquellos tiempos y mis intuitivos dilemas no encontraron manera de expresarse.

Con los primeros besos adolescentes llegó La vida es sueño y el trance entre la libertad y el destino, en el que mi poética personal continúa contradictoriamente anclada. A los quince años leí El Quijote, y aunque en ese momento no acertara a digerirlo, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento y con un hijo en brazos, había de repasarlo y comprender que contenía todas las respuestas a los interrogantes que esa criatura recién nacida habría de formularme.

A punto de cumplir la mayoría de edad, llegué a París leyendo La casa de Bernarda Alba. No sé si fue el impacto de esa lectura o la excitación de la independencia, pero entonces creía estar enamorada de todos los franceses de Francia. En ese país, donde viví varios años, leí Thérése Desqueyroux, de François Mauriac, Las Criadas, de Jean Genet, Las estaciones, de Maurice Pons, y La peste, de Albert Camus. Aunque seguía sin saber quién era, entendí que nunca permitiría que nadie lo decidiera por mí. En Marsella, pasé tardes enteras en las librerías y todas las obras de Emile Cioran y de Samuel Beckett me acompañan desde entonces, de casa en casa, de vida en vida.

Los años de la universidad fueron un delirio. Los amores llegaban puntuales con un libro debajo del brazo. Sabían que yo me buscaba y se empeñaban en leerme. Leíamos y follábamos con la misma pulsión filosófica, para cambiar el mundo. En los parques, en las cafeterías, en los pisos abandonados por los padres en verano. Nos emborrachamos con Trilce, de César Vallejo, con cualquier cosa de Willian Carlos Williams y con Cabalum, de Carlos Oroza, poeta gallego al que la historia hará justicia un día. El gran Meaulnes, La metamorfosis, Alicia en el país de las maravillas, El retrato de Dorian Grey, 62 Modelo para armar, Felicidad clandestina (de mi idolatrada Clarice Lispector), El sueño (de Mircea Cartarescu, un rumano al que cualquier día le dan el Nobel), Bajo el volcán, La muerte de Virgilio, La Odisea, Paradiso, La conjura de los Necios, Pedro Páramo y El metro de platino iridiado nos hicieron creer que habíamos entendido algo. También leíamos teatro, como posesos: Valle Inclán, Arrabal, Durrenmatt, Bernhard, Agustín García Calvo y Sófocles, así sin ton ni son.

De algunos amores no recuerdo los nombres, pero conservo los libros.

Con los años, los trabajos y los hijos, las cosas se calmaron, aunque no tanto. Todavía quedaban clásicos por descubrir y los Juegos de la edad tardía. Creí volver a nacer cuando leí 2666, de Bolaño, y Nieve, de Pamuk.  Fue una locura de hambre y alegría. El gran Gatsby lo leí un verano cualquiera cuando ya los niños crecían sin pedir permiso y yo ya no pedía perdón. Redescubrí Antígona en carne viva gracias a la versión novelada de Bauchaus, belga imprescindible. Enfermé con The road, de Cormak McCarthy, una noche de insomnio.  Me relamí de gusto con Chelsea Beach, de Ian McEwan. Tras leer Sed de amor, de Mishima, proclamé a los cuatro vientos que ya sólo leería novela japonesa y poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX y a Yehuda Amichai.  Por supuesto, no lo cumplí y seguí leyendo: In the heart of the country, Cairo nuevo, La mujer justa, Anatomía de un instante, Noviembre de una capital, Némesis.

Hay que leer Némesis, de Philip Roth.

Un día se apareció el amor verdadero. Y resultó que debajo del brazo sólo traía humildad y el amor verdadero. Me descifró en dos días y me dejó un folio en blanco. Ahora sólo leo teoría política y de la comunicación y sobre movimientos sociales. Y, tranquilamente, si puedo, leo lo que toque para la cita con la gente de El Breviario. Pero ya no para descubrirme, que para eso tengo un folio en blanco en blanco, sino por el sencillo placer de encontrarme con ellos. Y reír.

Hay que reír.

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@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

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