STRIPTEASE LITERARIO DE LUCÍA GUERRERO

Por Lucía Guerrero

¿Qué leo?

«Yo aprendí a leer con sus tebeos». Año tras año Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el botones Sacarino y tantos otros clásicos de la Escuela Bruguera, escucha con paciencia esta frase una y otra vez en el Salón del Cómic de Barcelona, mientras firma ejemplares de sus obras. Lo sé, y aun así, yo soy de las que suele acudir a la cita, hace la cola interminable y cuando llega su turno se lo dice. Y es que es cierto: las primeras lecturas que alcanzo a recordar, junto con el Don Miki, el Pulgarcito y el Libro Gordo de Petete (gordo no, gordos, pues fueron varios tomos) son sus tebeos, sobre todo los de Mortadelo y Filemón, que de hecho nunca he dejado de leer. Si me empeñé en aprender alemán fue gracias a El sulfato atómico; si luego quedé prendada de la inasequible ortografía francesa fue por culpa de Chapeau el “Esmirriau”. Ya de adulta, cuando leo un cómic (ya no solo de humor), tengo la impresión de estar disfrutando de él con todos los sentidos, tanto si es impreso como digital, y lo leo y releo buscando detalles que me habían pasado por alto.

De adolescente confieso que nunca me atrajeron ni Cincos, ni Hollisters ni Pucks. Los libros de la colección “El barco de vapor”, que duraban días u horas en manos de mis compañeras de clase, a mí me parecían insulsos: prefería las lecturas obligatorias del colegio, esos clásicos imposibles de leer sin el Vox al lado, sobre todo en poesía… ¡Cuánto vocabulario por descubrir! Hasta que un día me topé con la colección “Elige tu propia aventura” y ya no paré hasta que los leí todos, en castellano o catalán. Incluso ahora me emociono cuando descubro algún autor que experimenta con el hipertexto de modo parecido, como Jason Shiga, con el cómic Mentrestant; Miqui Otero, con La cápsula del tiempo (homenaje a esa misma colección pero para el público adulto) y mi autor fetiche, Milorad Pávic, fallecido en 2009, que desde que leí su Diccionario jázaro me cautivó como ningún otro. Porque sus libros son eso: hipertexto, polifonía, deconstrucción y un intento por hacer insólito lo cotidiano.

Agatha Christie, Manuel de Pedrolo (Mecanoscrit del segon origen), Buero Vallejo (El tragaluz), Lovecraft, Poe, Freud, Borges, Lorca y otros poetas de la Generación del 27 marcaron mis años de bachillerato. Herman Hesse, Quim Monzó, Eduardo Mendoza, Guy de Maupassant, Mario Benedetti, Stefan Zweig y Umberto Eco fueron algunas de las muchas lecturas de mis años universitarios. De Eco he empezado a leer tarde sus ensayos, pero han sido todo un hallazgo, y en ficción me caló especialmente El péndulo de Foucault, un libro que contiene todo lo que necesitas saber. Todo está ahí. Y otro descubrimiento reciente absolutamente hilarante es El antropólogo inocente, de Nigel Barley.

Con la excepción de Pávic, y quizá también Auster y Murakami, no soy persona de autores fijos, pero sí de editoriales (Anagrama, Acantilado, Siruela, SinSentido, Astiberri, por citar algunas, y la que he descubierto recientemente: Blackie Books), ni tampoco me decanto por ningún género en concreto: igual leo novela que ensayo, aunque en ficción tengo tendencia a buscar la historia dentro de la historia, el libro-artefacto, lo misterioso, el juego. En el ensayo, mi pasión es la historia, del mundo y del arte: Gombrich es sin dudarlo mi favorito. Seguramente influyó haber crecido en una casa rodeada de libros de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil, los temas de lectura favoritos de mi padre. Ni él ni mi madre tuvieron la suerte de poder estudiar estas ni muchas otras materias, así que poco a poco dejaron de ser referencia de mis consultas, con la excepción de esos dos conflictos bélicos: aun ahora, si necesito un dato, se lo pido a mi padre antes que a la Wikipedia, sin dudarlo.

 ¿Y cómo leo?

Quizá no proceda, pero no me parece este mal lugar para pedir perdón a todas las personas que me han prestado o regalado un libro y no han visto brillar en mis ojos ni una chispa de ilusión. Lo lamento, pero es que, con los libros, soy de flechazo: me gusta toparme con ellos y, como no tengo un gusto definido, cuesta mucho que acierten. Claro, que cuando lo hacen, no hay regalo que me entusiasme más. Para que surja ese flechazo tengo la necesidad de pasear por librerías mirando portadas y lomos, abriendo prometedoras páginas, buscando el nombre del traductor (¿nos conocemos?), una frase que me atrape; no importa si en la página 1 o en la 130. Allí me encuentro con otros flâneurs de librería; se les ve a la legua. Miran, tocan, van, vuelven; quizá compren algo, quizá no. Me confieso voyeur de sus vaivenes.

Las recomendaciones que sí me influyen son las de los libreros: nada saben de mí; yo, nada sé de ellos. No hay compromiso. Por eso me encantan las librerías con notas manuscritas en las portadas o contraportadas: la primera vez que las vi fue hace cinco años en una librería de París, y eran tan deliciosas que ya no sé si acabé comprando libros o notas.

Mis sueños siempre incluyen algo relacionado con libros. Editar una revista, montar una librería. Hace años caí en el bucle más absurdo, que es comprar un libro con consejos sobre cómo montar una librería. Hice planos, decidí muebles, escribí mentalmente mis post-its sorpresa en páginas con números mágicos… Todo esto mientras redactaba informes de lectura de libros de ensayo para editoriales y me imaginaba colocando en las estanterías la traducción española o catalana de esos mismos libros que recomendaba. El mal momento económico y mi escasa alma emprendedora se interpusieron en el camino, pero quién sabe si más adelante cambiarán las cosas. Mientras tanto, sigo paseando por las librerías y leyendo allí donde puedo: en casa, en el metro, en la biblioteca, en la sala de espera del médico. No necesito mucho para concentrarme.

Ars longa, vita brevis. Cuando pienso que nunca tendré tiempo de leer todo lo que quiero, me entra la misma angustia que cuando trato de imaginarme el concepto del infinito, pero hago lo que puedo, y si antes me obsesionaba en acabar todos los libros que empezaba, aunque no me gustasen, ahora no concedo segundas oportunidades. Quizá Twitter y los textos fragmentados tengan parte de culpa, o quizá sea falta de paciencia sin más… ¿Son los libros una escapada de la realidad, o una puerta de entrada a otras realidades? Yo lo vivo más como la segunda opción. Una especie de prolongación de nosotros mismos. No tenemos siete vidas como los gatos, pero tenemos algo mejor: los libros.

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@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

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