STRIPTEASE LITERARIO DE ANA ISABEL BERNAL

LibroAmigos
Por Ana Isabel Bernal

La serendipia me ha hecho llegar hasta aquí para confesar lo más íntimo. Para mí no hay nada más personal que hablar de mis libros. No sé si soy la primera en hacer este striptease sin haber acudido a ninguna de sus reuniones, aunque estar (lo que se dice estar) estuve en la primera unos segundos[1]. Este texto lleva esperando desde julio. Precisamente, por mi peculiar relación con los libros. Me cuesta hablar de ello porque supone descubrir parte de mi vida. Vida reflejada en una biblioteca que constituye el segundo pilar de mi único patrimonio. El primer pilar son los amigos.

Los libros ocuparon el lugar de los amigos que fallaron. Descubrí que curan y me calman. Me gusta leerlos a fuego lento. Descarto las historias eternas, por sagas, de escenarios fantasiosos, ilusionistas y nombres que mi mente no puede memorizar. Me gustan los que me hacen abrir los ojos y sentir los pies bien apoyados en la tierra.

Los prefiero de pasta blanda. Soy de las que señalan, escriben y dibujan en los márgenes de los libros. Creo que un libro impoluto es un libro no vivido. La vida te deja marcas, dobleces, frases inolvidables… Por eso subrayo. Remarco. Doblo esquinas…Es una forma de tatuar esas palabras en mi interior. Y lo hago porque adoro releer. En diferentes momentos. Disfruto comprobando cómo cambia la lectura conforme evolucionas. Cómo esas frases, antes desapercibidas, brotan ahora entre las líneas.

Si adoro los libros es porque sé de su valor. Que siempre intenté trasmitir, como cuando era encargada de la biblioteca de mi colegio. Aprendí rápidamente que muchos otros niños en el mundo ni leían ni podían poseerlos. Asumí que incluso tener los libros de texto para estudiar era un milagro. Y nunca podría imaginar que cambiaría cientos de veces la cafetería de la facultad por refugiarme en aquella biblioteca que me armó de ideas y principios. Adoro y defiendo lo público. Como garantía de que todos merecemos acceder a ello. Porque un libro alimenta, da oxígeno, es como agua fresca. Y te hace ver, oír, tocar y escuchar. Las palabras tienen dimensión. Y descubres que no son inocentes. Que hay palabras tóxicas, palabras antídoto, palabras suaves y duras, palabras cuchillos o caparazón, palabras que susurran, que rasgan o que fortalecen.

Resumir mis preferencias me resulta complicado. Os contaré un sueño, repetido quizás por las circunstancias, que me azota muchas veces. Aparecen en mi salón unos misteriosos señores que vienen con una orden. Una condicionalidad que me repito: si tuviese que dejar mi casa de golpe y porrazo ¿qué libros me llevaría? Tampoco es una pregunta tan extraña en mi vida. Más de una vez me la he planteado. Ahora se intesifica, cuando estoy más segura de hacer la maleta para marcharme. Y necesito recrear ese momento para saber cómo enfrentarme. Esos hombres me advierten de que debo elegir rápido.

Miro a lo más alto de la biblioteca. La colección de El Barco de Vapor. Nuestra primera biblioteca. Mi hermana y yo nos peleábamos por Querida Susi, Querido Paul. Junto a él permanece la cartilla Micho, y el libro de Borja. Supongo que puede parecer trivial mencionar aquí estos libros pero permanecen allí arriba, como un tótem, porque con ellos aprendimos a leer. Gracias a ellos pude empezar a comprender todos los demás. A leer y a dibujar, copiando sus ilustraciones.

La mitad de mi biblioteca está repleta de libros de historia. Otra buena parte, de historia del arte. Todos los libros dedicados a Roma, al Renacimiento, a mi Miguel Ángel Buonarroti y a Picasso. En otras baldas, todos los que forjaron mi conciencia. Reposo la vista en Orwell y 1984. O Bauman y todo lo líquido, que tan pronto certifiqué su existencia.

Desciendo una balda hacia la izquierda y me encuentro con toda la selección de guiones. Adoro leer guiones porque adoro el cine. Secretos del corazón, Volver, Big Fish, Match Point, Los amantes del círculo polar, Mar Adentro… Me quedaría con todos. Me encuentro con El Club de los Poetas Muertos… «Carpe»… Y, al lado, nuestro tío Walt… Walt Whitman. LO leí con diez años y aún no era consciente de hasta qué punto él dominaría nuestra vida.

Repisa derecha… Me lo llevo. Automáticamente. Mi Hamlet. Mi Shakespeare. La edición español/inglés. Una de las varias hojas marcadas en el libro: “El mundo está fuera de juicio”.

Al lado, empiezan los libros de lengua española. Antonio Gala. Rescato La Soledad Sonora, por encima de todo. Con Gala aprendí la inmensidad semántica. Pienso en su relato de la Nochebuena, con el que lloré por primera vez mientras leía, cada 24D. Quizás porque la gente más cercana la perdí en estas fechas, incluía la propia Nochebuena.

A la derecha, todo el despliegue literario de Arturo Pérez Reverte. No tenemos completa afinidad ideológica, pero las lecciones de periodismo y de vida que aprendí de él las guardo bajo llave. Me llevaría El maestro de esgrima, con el que disfruté hasta el último punto. Y, el primer libro de El Capitán Alatriste. Aún recuerdo leer aquella primera frase con la luz de la mesilla encendida. Reverte me enseñó el mundo gris, cuya maldad puede masticarse, y donde un amigo que te falla te hace más daño que un enemigo. Me mostró lo ruin y lo miserable. Y, sobre todo, a guardar silencio. Y a observar. Observar para aprender.

Mi mirada baja y encuentro el bloque latinoamericano. Qué escojo… Tengo a mi adorado Galeano. Y tengo a mi Gabo y a Benedetti. Acaricio El amor en los tiempos del cólera. Tiro de él. Página marcada: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”… Ese enigmático y real mecanismo que nos permite respirar, inflarnos de nuevo de sensaciones y poder vivir…o al menos, intentarlo. Con Benedetti supe “llorar sin ruido”, y que el verdadero amigo es aquel con el que “puedes hablar de ciertos temas sin sentir ridículo”.

Miro hacia la balda de literatura española y me encuentro con mi Bécquer. Añoranza del instituto. Frase: “El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cuál más inexplicable, todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo”. Aún me queda por responder su pregunta: “Cuando el amor se olvida, ¿sabes tú a/donde va?”, subrayada tres veces.

Y empiezo por la balda del popurrí. Lo último que se fue colando. Casi con suerte. Porque llevo la pésima racha de no poder leer tanta literatura de ficción, mientras me paso el día entre apuntes académicos o escribiendo.

La Delicadeza, de Foenkinos. Para muchos, obra menor. Para mí, un alivio. Simplemente porque repara en las pequeñas cosas. En las minúsculas. Casi en las microscópicas. Y porque valora el caos de cada uno de nosotros. Lo que nos distingue.

Se cruza en mi recorrido John Boyne y El niño del pijama de rayas. Lo cojo y casi lo aprieto con fuerza. Que nadie me lo arrebate. Tan sencillo, que es casi perfecto. La página marcada: el encuentro entre los dos niños protagonistas. Frase: “Nunca le había dado la espalda a un amigo mío. Me avergüenzo de mí mismo”.

Avanzo. Lo retiro inmediatamente y me lo llevo. Brújulas que buscan sonrisas perdidas, de Albert Espinosa. Y me lo llevo por este párrafo remarcado:

“La gente es tan falsa… Desde hacía un año no creía a nadie. Pasó algo y todos me dieron la espalda. No quiero decir que no estuvieron a mi lado, allí estaban los primeros días, pero después desaparecieron…Todos tenían cosas que hacer, rumbos que tomar, familias u otros amigos con los que estar (….) Tengo la teoría de que la gente no te desea suerte en la vida, ni en el amor, ni en el trabajo esperando que esas cosas se apoderen de ti…Todo el mundo va la suya”.

¿Por qué? Porque, como explico aquí, cuando se pierde todo, los que te rodean son el patrimonio que te queda. Porque los amigos son la familia que te construyes en vida. Este párrafo lo leí este mes de mayo. Después de una gran decepción. Nadie pudo explicarlo mejor.

Hago un vistazo general y me dejo a tantos… Gibson, Brenan, Zambrano, Machado, Sampedro, Alberti, La Metamorfosis, La Divina Comedia… Saramago! Ay, cómo puedo dejarme a Saramago! Y mi Maruja Torres! E Isaac Rosa… Y La historia del Señor Sommer, Sin noticias de Gurb… El tiempo se agota. Me dicen que debo irme. ¡Ay! Pero acabo de tropezar con mi libro de latín… Me lo tengo que llevar. Dentro está la leyenda de Dédalo e Ícaro, que me ha marcado muchos momentos. Y veo también El principito…No hay mayor lección de amistad en sus páginas. Inmenso.

Me dicen los hombres misteriosos que no. Que sólo me puedo quedar con uno. Tampoco entran muchos más en mi maleta.

No dudo. Mi Federico. Quienes me conocen saben los motivos. Lorca me lo ha enseñado todo. Es mi base. Mi antídoto. Mi medicina diaria. Me permite respirar cuando me asfixio. Me sosiega. Me enseñó sobre el amor, la miseria y la libertad. Me mostró que los amigos son pilares en los que apoyarte…aunque a veces el pilar se caiga. Aunque a veces tenga la certeza de que no vuelvan: “El más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida”, decía. Por eso, de entre todo, me llevo sus cartas personales… Mi refugio.

Me lo advierten. Me tengo que marchar. Retrocedo sin dejar de mirar a mi biblioteca. Que en parte es mi vida. Porque ahí están mis ideas y mis sentimientos. Porque los libros sustituyeron las horas de los amigos que se esfumaban. Y me lanzaban desde sus páginas evasión, entretenimiento, desdichas, vergüenzas, amor, rabia, gritos, dolor, placer, comprensión de mi entorno… Esos que me dejaban ver la vida de otros y encontrar hilos de unión o desunión. Hilos de unión…

Dice una leyenda que hay un hilo rojo que nos une a todos. Y que, una vez establecido el contacto, ese lazo puede estirarse o reducirse, pero nunca romperse. Eso me ocurrió el 7 de julio de 2012. Por eso, sin haber acudido nunca a Breviario, estoy aquí. Se lo debo a Imma. Mientras bajo en el ascensor, lo recuerdo todo. Acudí a un congreso en Madrid con el cual daba un “golpe” a todo lo que hice antes. Días antes me avisaron de que no podía exponer. Me quejé. Insistí hasta que me cambiaron de mesa… Todo parecía ir en mi contra. Llegué a Madrid con retraso, y una vez allí ni siquiera había empezado mi sesión. Aquel congreso no era lo que esperaba. Pero apareció la serendipia. Y el primer hilo…

Hilo que me puso en contacto virtual con Imma Aguilar, cuyo rostro se escondía tras una cámara fotográfica en su avatar de Twitter. Yo creo que el tuit definitivo que nos unió fue uno de Carmen Lomana. Y con ella surgieron otros hilos. Como pasar al año nuevo (vía Twitter) con Imma, Bego y con Montse. O saber de David, de Rafa, de Carles y ese 14/09, recordar Cádiz con Miguel Ángel, hablar con Lidia o marcar con @Laudryh nuestras fotos en Instagram. Si algún día, cuando lance la moneda al aire, sale cara, espero encontrarme con ellos en Breviario.

Y me da cierto vértigo pensar que ni a @Laudryh, ni Lidia, ni Carles, ni Miguel Ángel, ni David existirían en mi mente si no hubiese llegado hasta Imma. Y que no hubiese llegado a Imma sin el primer hilo, Pep. Y que no hubiese llegado hasta aquí si no me hubiesen cambiado la mesa del debate aquella jornada. Ni hubiese aprendido de ellos. Desde ese día dejé que entrara lo nuevo en mi vida, sin freno, y volver a confiar en la gente, aunque hoy día dudo de si hice lo correcto.

Salgo del ascensor y reflexiono que muchos libros se presentan en tu camino por sorpresa, como los amigos. Cada uno con sus páginas de vida, sus aventuras y desventuras, sus palabras…y sus silencios. Sonoros silencios. Y que hay libros insustituibles. Que si pierdes uno de tus libros, aunque te compres otro igual, con las mismas páginas y palabras, no es lo mismo. Porque perdió su aura. No te sirve otro. Porque al primero fue al que le dedicaste tu tiempo, reíste o lloraste con él. De la misma forma que un amigo nuevo nunca sustituye a otro perdido. Por lo compartido y vivido.

Llego al portal y salgo disparada a la calle. Tomo aire con fuerza. Abro el libro de Federico:

“Hay amistades que se escurren de las manos como el agua clara, otros son como una rosa que uno se prende despreocupadamente en el ojal, pero las verdaderas amistades son como los chupapiedras de los niños andaluces, son las lapas que se plantan silenciosamente sobre el corazón”.

Cierro el libro. Me acuerdo de la última despedida con Imma frente al Senado intentando que me ayudase a comprender lo que no entendía. De su consejo de quitar el peso de la mochila que no sirva, aunque cuatro meses después aún cueste. De levantar la cabeza y mirar al frente. Y entonces empiezo a andar. Llevando a mis espaldas lo aprendido con todos esos libros. Llevando a mi lado a los amigos que quieran caminar conmigo.
______________________
[1] En realidad acudí al primer Breviario, el 20 de junio. Me escapé de la fiesta de HuffPost en Gran Vía y cuando localicé La Buena Vida y entré, me paralicé y me volví por circunstancias de la vida. Nunca se sabe si fue para bien o para mal.

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About El Breviario

@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

3 responses to “STRIPTEASE LITERARIO DE ANA ISABEL BERNAL”

  1. p says :

    Me quedo con tantas cosassss Felicidades me encantas como haces que entendamos lo que escribes.

  2. Mikel says :

    Hermosa desnudez!

    Yo tengo una concepción similar sobre los libros; me gusta su olor, rozar sus páginas dobladas por las esquinas ligeramente magulladas por la hierba, la arena…
    Tiemblo cuando alguien me pide un libro. Preferiría comprarle un ejemplar nuevo a correr el riesgo de extraviar ese ser vivo al cual me une una invisible linea emotiva.
    No me gustan los libros yermos de tinta y celulosa, carentes de “alma”, retro-iluminados, cuasi intangibles.
    No me gustan los libros nuevos, me gustan los libros con lo que he “copulado”, ese ejemplar y no otro, es el que quiero.

    «Los libros son como las semillas, pueden estar latentes durante siglos, pero también pueden dar fruto en el suelo más estéril.» Carl Sagan

    Un abrazo, Ana!

  3. Mikel says :

    Hermosa desnudez!

    Yo tengo una concepción similar sobre los libros; me gusta su olor, rozar sus páginas dobladas por las esquinas ligeramente magulladas por la hierba, la arena…
    Tiemblo cuando alguien me pide un libro. Preferiría comprarle un ejemplar nuevo a correr el riesgo de extraviar ese ser vivo al cual me une una invisible linea emotiva.
    No me gustan los libros yermos de tinta y celulosa, carentes de “alma”, retro-iluminados, cuasi intangibles.
    No me gustan los libros nuevos, me gustan los libros con lo que he “copulado”, ese ejemplar y no otro, es el que quiero.

    «Los libros son como las semillas, pueden estar latentes durante siglos, pero también pueden dar fruto en el suelo más estéril.» Carl Sagan

    Un abrazo, Ana!

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