“El poder según Vargas Llosa”. Crítica de Rafa Rubio sobre “El pez en el agua”

Este verano leemos a Ignatieff  “Fuego y Cenizas”. Al comienzo comenta que “Siempre había admirado a los intelectuales que dieron el salto a la política”, y hace referencia a Vaclav Havel, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, que tras su experiencia decidieron reflexionar y compartir lo vivido.

Se trata de un tema apasionante y que se remonta a Platón y Aristóteles: ¿es mejor la política de los “sabios”?, ¿deberían estos gobernar la ciudad?, ¿están capacitados para alcanzar el poder y para ejercerlo?… La experiencia reciente demuestra que no es tarea fácil, y muy poco recomendable. Así lo señala Octavio Paz que resumía las razones que deberían disuadir a un intelectual de entrar en la política activa “incompatibilidad con el trabajo intelectual, pérdida de la independencia, manipulaciones de los políticos profesionales y, a la larga, frustración y el sentimiento de años de vida malgastados”.

No quiso escuchar Vargas Llosa, al que el sabio mexicano hacía esta reflexión en un hotel de Londres y, tras tres años metido de lleno en el mundo de la política como candidato presidencial, quiso dejar constancia de su aventura política en “El pez en el agua”.

No se trata propiamente de un diario de campaña, que ya había escrito en 1993 Álvaro, su hijo y portavoz de la campaña (El diablo en campaña). Se trata más bien de una autobiografía, en la que la política ocupa un papel principal. El resultado final es, en mi opinión, bastante flojo y poco útil más allá de los entusiastas de la historia contemporanea del Perú. Un libro coyuntural, prolijo hasta el agotamiento, con una estructura discutible en el que alterna la narración cronológica de la campaña con una narración cronológica de su vida, en la que trata de mostrar una vocación política permanente. Aun así, las referencias continuas a personas y circunstancias particulares de la campaña, no ocultan algunas reflexiones de interés del genio peruano.

El poder

Vargas Llosa apunta al poder como el motor principal de la política pero, a diferencia de Ignatieff, que se confiesa contagiado por esa fiebre, el autor peruano parece entender que ese ansia es sólo cosa del político profesional, “sea de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder, llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes” .

Es a esa falta de ambición política, del sentido killer propio de los delanteros centro, a la que achaca en gran medida su fracaso: “Muchos políticos empiezan animados por sentimientos altruistas —cambiar la sociedad, conseguir la justicia, impulsar el desarrollo, moralizar la vida pública—, pero, en esa práctica menuda y pedestre que es la política diaria, esos hermosos objetivos van dejando de serlo, se vuelven meros tópicos de discursos y declaraciones —de esa persona pública que adquieren y que termina por volverlos casi indiferenciables— y, al final, lo que prevalece en ellos es el apetito crudo y a veces inconmensurable de poder. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso”.

La política

Como consecuencia de esta relación con el poder, la política se ha convertido en algo practicamente restringido a profesionales del poder y a maestros de la trampa: “La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina —la única que yo conocía—, sino la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas —la sociedad ideal que quisiéramos construir— y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y toda clase de malabares.”

El intelectual y el político

En este contexto poco tendrían que hacer los intelectuales.

Por un lado, por el exceso de renuncia personal que esto supone, y frente a la que advertía Octavo Paz, la renuncia a las tareas intelectuales. En el caso del Nobel, este trató de imponerse 2 horas de lectura diarias (que no siempre consiguió respetar), y donde siempre guardaba un rato para la poesía (especialmente para Góngora); menos suerte tuvo con su intención de tratar de seguir escribiendo, y en tres años no logró sacar de la imprenta más que unos prólogos a obras clásicas.

Por otro lado, y esto es quizás lo más determinante, por la falta de las habilidades necesarias para dedicarse a la política. Frente a lo que pudiera parecer ni siquiera a la hora de hablar en público el intelectual puede hacer valer su experiencia y, como señala, “es algo para lo cual haber dado clases y conferencias no sirve o, más bien, perjudica….En el Perú la oratoria se ha quedado en la etapa romántica. El político sube al estrado a seducir, adormecer, arrullar. Su música importa más que sus ideas, sus gestos más que los conceptos. La forma hace y deshace el contenido de sus palabras. El buen orador puede no decir absolutamente nada, pero debe decirlo bien. Que suene y luzca es lo que importa. La lógica, el orden racional, la coherencia, la conciencia crítica de lo que está diciendo son un estorbo para lograr aquel efecto, que se consigue sobre todo con imágenes y metáforas impresionistas, latiguillos, figuras y desplantes. El buen orador político latinoamericano está más cerca de un torero o de un cantante de rock que de un conferencista o un profesor: su comunicación con el público pasa por el instinto, la emoción, el sentimiento, antes que por la inteligencia”.

Tampoco el conocimiento de los asuntos parece ser una ventaja. Y, según el autor peruano, la política perjudica a aquel que “dice lo que cree, hace lo que dice y no utiliza las ideas y las palabras como una coartada para el arribismo”, beneficiando aquella política de la inautenticidad que provoca “en la vida intelectual, la devaluación del discurso, el triunfo del estereotipo y de la vacua retórica, de la palabra muerta del eslogan y el lugar común sobre las ideas y la creatividad”.

No lo quiso entender así Vargas Llosa y una de las cosas que más llaman la atención de la campaña, y que debería ser imitado, es el trabajo preparatorio, que empezó como un gabinete en la sombra hasta llegar al “nombramiento” de cargos, tan convencidos como estaban de su propio éxito.

Sea por lo que fuere llama la atención la elaboración de un profundo y serio programa de gobierno, el reparto de responsabilidades y la creación de grupos de trabajo. Era tal el entusiasmo con este programa de Gobierno, frente al vacío absoluto de sus rivales, que, a posteriori, Vargas Llosa reconoce el error de “centrar toda la campaña en la defensa de un programa de gobierno, descuidar los aspectos exclusivamente políticos, denotar intransigencia y mantener, de principio a fin, una transparencia de propósitos que me volvió vulnerable a los ataques y a las operaciones de descrédito…”

Aún así, es en esta labor de trabajo intelectual donde el escritor peruano encuentra lo mejor de la política: “Su entusiasmo y su rectitud de intención hacía que al trabajar en las distintas comisiones especializadas organizadas para preparar el programa, la política dejaba de ser esa actividad frenética, inane y a menudo sórdida, que ocupaba la mayor parte de mi tiempo, y se volvía quehacer intelectual, trabajo técnico, cotejo de ideas, imaginación, idealismo, generosidad”.

También su apego a la verdad, según Vargas Llosa, se convierte en un obstáculo insalvable para el intelectual que se termina dedicando a la política: “No mentir estaba muy bien, desde luego; pero decirlo todo en una campaña electoral era hacerse el harakiri”. Y es a este afán por ser sincero, y a la incapacidad de transmitirlo con claridad al pueblo peruano, al que le adjudica un porcentaje mayor de su derrota.

Ser independiente no es suficiente

Recoje “El pez en el agua” otra enseñanza que podría ser útil en la situación actual. En las elecciones de 1990 se produjo una situación paradójica: el voto se inclinó mayoritariamente hacia los independientes, pero, según Vargas Llosa, sólo los independientes con ambición de poder y habilidades para ejercerlo sin límites, como el caso de Fujimori, fueron capaces de aprovecharlo. Como amargamente señala: “¿De qué sirve la saludable reacción de la ciudadanía contra el apolillamiento de los partidos tradicionales, si ella conlleva la entronización de esa agresiva forma de incultura que es la «cultura chicha», es decir el desprecio de las ideas y de la moral y su reemplazo por la chabacanería, la ramplonería, la picardía, el cinismo y la jerga y la jerigonza que, a juzgar por las elecciones municipales de enero de 1993, parecen ser los atributos más apreciados por el «nuevo Perú»?”. Esta conclusión puede hacernos pensar hoy en España, ser independiente no supone renunciar a las reglas de la política, sino aprovecharlas en beneficio propio, fuera de las estructuras tradicionales.

Es a esos partidos políticos tradicionales, como AP y PPC, con los que Vargas Llosa y su Movimiento por la Libertad concurrieron en alianza, a los que entre otras cosas culpa de su derrota.

No sólo por el rechazo total que en esos momentos generaban los partidos políticos, del que los resultados de la primera vuelta son una buena muestra, sino porque incluso el propio Movimiento para la Libertad -que nace como un movimiento social alrededor de “ ingenieros, arquitectos, abogados, médicos, empresarios, economistas… que no habían hecho antes política y no tenían intención de hacerla en el futuro. Amaban su profesión y sólo querían poder ejercerla con éxito, en un Perú distinto del que veían deshacerse” y que vencieron su reticencias iniciales en pos de una política más limpia y eficaz”-  funcionó desde un principio como algo indiferenciable de un partido.

La dinámica de la política hace que a una marca novedosa y con posibilidades se arrime todo tipo de políticos, también los tradicionales. Además cuando es necesario construir una estructura territorial en poco tiempo, no existen mecanismos para filtrar adecuadamente y la ilusión por llegar a un número muy elevado de plazas se suele comer a la prudencia de hacerlo sólo con gente de confianza. Lo describe con cierta amargura: “Que en algunos lugares Libertad contara con dirigentes tan poco aparentes tiene una explicación (no una justificación). De provincias nos llegaban adhesiones, grupos o personas que se ofrecían a echar los cimientos del Movimiento y, en nuestra impaciencia por cubrir todo el país, aceptábamos las ofertas sin cribarlas, acertando a veces y otras errando de manera garrafal.” El resultado fue claro, y previsible: “Con algunas excepciones, la organización del Movimiento Libertad en el interior resultó poco representativa. También en nuestros comités reinó y tronó esa figura inmortal: el cacique.”

En España ésto le pasó en cierto modo a UpyD, y le puede pasar a Podemos y a Ciudadanos, si siguen con su estrategia de intentar cubrir todo el territorio nacional. Lo malo de estos políticos tradicionales que se arriman es que traen consigo las prácticas habituales: “De pronto, descubrí en los barrios y pueblos que nuestros comités habían empezado a dar carnés, a cual más cargado de colorines, firmas y hasta con mi cara impresa. Las consideraciones principistas se estrellaban contra este argumento de los activistas: «Si no se les da un carné, no se inscriben.» Así, al final de la campaña no había un carné del Movimiento Libertad, sino todo un muestrario confeccionado a gusto y capricho de las bases”.

Campaña

También hay en el libro algunas enseñanzas más técnicas, relacionadas con la campaña electoral, quizás la más sorprendente tiene que ver con las encuestas, especialmente en situaciones como las de Perú en 1990, dónde un candidato que no alcanzaba el 1% de respaldo consiguió en menos de dos meses pasar a la segunda vuelta.

Otro punto clave tiene que ver con la necesidad de respetar la agenda propia, la estrategia, y no dejarse seducir por los cantos de sirenas de otros candidatos, ni si quiera cuando adoptan forma de ataques furibundos que no se pueden dejar de contestar. Así lo reconoce de nuevo “Fue una equivocación tratar de contestar a esta campaña con avisos televisivos, en vez de ceñirnos a la divulgación de las reformas. Dejándonos arrastrar a una polémica en la que teníamos todas las de perder, sólo conseguimos que mi imagen se viera empobrecida por la politiquería menuda”.

También hay alguna referencia al microcosmos en el que se convierte una campaña que impide ver cualquier realidad distinta a la que construye el propio equipo, especialmente en lo que se refiere a las posibilidades electorales, “semejante ilusión se alimentaba, en buena medida, de una lectura equivocada de los últimos mítines, que fueron todos, empezando por el de la plaza de Armas del Cusco, formidables”.

Vargas Llosa se vió Presidente hasta el día de la votación en primera vuelta, y así se vió también su equipo. Era tal el entusiasmo que el candidato se refiere al papel de su mujer Patricia como una preparación “para ayudarme en la tarea de gobernar nuestro país”.

Los asesores también tienen un par de referencias. La primera relacionada con la de equipos paralelos, en este caso de marketing, enfrentados entre sí y con acceso directo al candidato que provocó que vieran la luz, piezas que a la postre resultaron contraproducentes, y que cualquier revisión hubiera detectado, “esta ligereza se hubiera visto corregida, sin duda, si el spot en cuestión hubiera sido analizado por el responsable de medios, Jorge Salmón, o Lucho Llosa, pero, debido a las antipatías personales que, a veces, interferían en su trabajo, Freddy se saltaba a ambos buscando sólo mi aprobación para los spots. En este caso, lo pagamos”.

La segunda tiene que ver con lo importante y lo difícil que resulta que el candidato mantenga la cabeza clara para pensar, y tenga tiempo para cuestiones estratégicas durante toda la campaña. De otra forma la dinámica de la campaña se desmadra, la agenda nunca deja tiempo a lo importante, y el candidato se convierte en un pelele más que va y viene a donde le lleva el responsable de su agenda, metido en una burbuja, ajeno a lo que está pasando e incapaz de reaccionar. El escritor se lamenta varias veces de no haber escuchado a su asesor externo, Mark Mallow Brown, incluso estando de acuerdo con él: “Yo lo creía también así, pero, a partir de los primeros días de enero, mi trajín y ocupaciones fueron tales que ya no tuve cabeza para enmendar la equivocación”.

Por último, me ha generado una gran curiosidad otra peculiaridad de esta campaña, que de una forma u otra ha sido utilizada por Beppe Grillo en Italia, la creación de una organización Acción Solidaria a la que el autor define como “una militancia política que traducía en hechos la filosofía según la cual había que dar a los pobres los medios para salir de la pobreza por sí mismos” y en el que se ofrecen soluciones concretas como talleres, negocios, empresas, cursos de capactiación, créditos… en lugares más necesitados. Es muy sorprendente el reconocimiento a la organización y la crudeza con la que describe a sus miembros “en su gran mayoría eran amas de casa, de familias de medianos o altos ingresos, que hasta entonces habían vivido una existencia más bien vacía, e incluso frívola, ciegas y sordas ante el volcán en ebullición que es el Perú de la miseria”.

No sé hasta qué punto en España algo similar sería posible.

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@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

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