CANÓDROMO, por Carles Montaña

Una aproximación a “Los Virreyes”

(Fedrico de Roberto, 2008, Los Virreyes. Barcelona, El Acantilado, 725 páginas)

 

Se abre el cajón de salida y “Black Spud”, “Ceferino”, “Nitro”, “Dama Roja”, “Dante” y “Pepo” rasgan el aire. El vaho de sus fauces se escapa de sus bozales metálicos. Las patas largas y poderosas de estos esbeltos guepardos caninos los disparan tras su presa. La liebre eléctrica, socarrona y confiada, suelta chispazos como ventosidades de un cabaret mágico y hace su trabajo. Vuela sardónica por su raíl infinito. La carrera de galgos ha comenzado.

Ahora, el no va más: se abre el cajón y es el turno de Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias y de algún “català emprenyat”. La campaña de las generales ha empezado en el decrépito canódromo de la democracia española. Se ha acabado la Xª legislatura. Camisas manchadas por el sudor de las axilas, barrigas furiosas que besan la lona y mentiras revestidas de propuesta sólida para no engañar al pueblo componen “el mayor espectáculo del mundo”, el circo de Dios, el circo de la alegría. Estamos en campaña y el milagro de los panes y los peces cotiza al alza. Corre, perrito, corre; tu dueño te ha soltado. Atrapa el voto, tu hueso es tu voto. El electorado, jodido, pero sonriente porque puede expresarse en las urnas, cabalga la liebre demoscópica. Corre, perrito, corre; tu dueño te ha soltado.

Sicilia e Italia

Un canódromo, Ohio o Aragón pueden resultar el escenario perfecto para diseccionar los comportamientos humanos en relación a la política y las elecciones. Sin embargo, el italiano Federico de Roberto escogió la Sicilia decadente del siglo XIX para retratar con Los Virreyes (1894) el inicio del inicio del final del inicio de la nueva Italia, de la unificación de Italia.

A través de 725 páginas desentraña el periodo de unificación de un país (1855-1882) que nunca jamás sabrá ni podrá desprenderse de la losa de su pasado. Y, curiosamente, el libro viene marcado por diferentes campañas a las elecciones en esos años.

Esta novela coral exprime, desde los ojos del clan de los Uzeda –descendientes de los virreyes españoles del reino de las dos Sicilias- la lenta putrefacción de la pequeña aristocracia rural capitaneada por Francisco II, su necropsia y su milagrosa resurrección a través de la monarquía parlamentaria. De Roberto compone majestuosamente el informe para una víctima resucitada, para la “frankennación”.

Tipología local y paisanaje

El libro, debido a la publicación de otra obra de temática similar y llevada al cine posteriormente, se ha convertido en una obra desconocida. Sin embargo, la magnífica edición de El Acantilado, con la traducción a cargo de J.R. Monreal sorprende por su vigor y frescura. Además, ensalza la poderosa prosa de De Roberto. El autor ofrece cuentos vibrantes sin caer en la broma fácil que otorgaría el paisanaje y la barroca y moribunda nobleza. Disecciona la tipología local sólo con el peso de sus acciones transformada en poderosas palabras. La historia del embarazo, de una crudeza espantosa, está tratada con fina ironía italiana. Eso demuestra la maestría de De Roberto. El personaje de Don Eugenio y el patetismo que entraña la publicación de su “Heraldo Siculo” suponen el testimonio desgarrador por la supervivencia del eslabón más débil de una casta, a veces, incapaz de adaptarse y, en otras ocasiones, dotada del vigor de la supremacía. En este extremo se sitúa el buhonero vital, el principito Consalvo, que remonta el vuelo de su clase. “No, nuestra raza no ha degenerado: es siempre la misma”. La evolución de las especies en su forma más simple.

La raza

En esta supervivencia radica la más compleja y sincera exposición de la política. El texto, plantea dos cuestiones cruciales. Por un lado, expone la finalidad de la política en democracia –o lo que se entendía como tal a finales del siglo XIX- como mecanismo para conseguir el bien común. En otro sentido, De Roberto deja muy clara la tesis posibilista de este noble arte de tahúres del humo. Justo a mitad del libro, al final de la primera parte, el entonces pequeño Consalvo mantiene una conversación con su padre esclarecedora en esta y en todas las democracias de la creación. “Ves, cuando estaban los virreyes, los Uzeda eran virreyes; ahora que tenemos diputados, el tío –duque- se sienta en el Parlamento”. Esas palabras se repiten al final de la obra para establecer que el poder, sí, el poder real, siempre está en las mismas manos, las manos de los oligarcas. Esos son los mismos que durante la caza mayor sueltan a sus perritos y los echan a correr tras la liebre eléctrica del disputado voto. “La diferencia es más nominal que real”, sostiene un De Roberto clarividente ya en 1894.

 

 

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@rafarubio e @immaaguilar son los autores de El Breviario

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